patrícia riveras

Me abandono al baile de mis manos, al gesto enérgico directo y nervioso de mis dedos sobre el barro: modelo como vivo. Mi  escultura es mi carácter; todo es pasión y vida. Todo se funde; todo lo fundo. Los demonios y los ángeles, todo.

Huyo de la perfección, de la estatua, del canon…
Me impresiona más lo no acabado donde se percibe el esfuerzo de la figura por abrirse paso a través de la materia, materia embrionaria que ya anuncia a un nuevo ser. Hay emoción palpitante; es como el instante de un alumbramiento. También queda la incertidumbre y el misterio, el amor a lo desconocido.

Patrícia Riveras

web de patrícia riveras

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La escultura, históricamente, no parece cosa de mujeres. Es cierto que hay una Käte Kollwitz, una Chana Orloff, una Louise Nevelson, una Germaine Richier, una Barbara Hepworth, una Louise Bourgeois y unas cuantas más, pero mayoritariamente pertenecen al siglo XX. Y si retrocedemos, de una Camille Claudel, lamentablemente se ha acabado hablando más por cuestiones “del corazón”, ajenas a su talento, y casos como el de Elizabeth Ney, que “descubrí” hace años en un viaje a Tejas –una alemana americanizada que entre otras cosas situó estatuas de próceres en el Capitolio de Austin y tiene un museo monográfico-, no dejan de ser una excepción.

En la tradición catalana las escultoras suelen ser tiernas y menores: Margarida Sans-Jordi, Maria Llimona o Luisa Granero han tenido renombre, pero se han mantenido siempre lejos de la primera línea. Otras, todo y tener una personalidad fuerte, no consiguieron hacerse un nombre, como pasa con Marifé Tey, a quien los pocos que han hablado de ella le han reprochado un pecado original político, si bien, no le tendría que inhabilitar como creadora.

Patrícia Riveras es un caso a parte, y por eso lo paga caro. De momento ya ha tenido que emigrar a Mallorca,  sin duda un paraíso, donde ha encontrado un mundo más auténtico y un entorno más acogedor. Su obra es muy fuerte, hija de la pasión más que del trazo. Pasión por la vida y por la escultura. Parece que Patrícia Riveras si no puede abocar pasión en las cosas no se pone.

De hecho ella sólo se apasiona por cierta escultura, tampoco por toda: no tiene nada de corporativista; y por los escultores tiene sus filias y sus fobias. Le gusta la escultura tormentosa. Cuando no sabes nada de ella es que pasa una fiebre creativa, de la que seguro saldrán obras de verdad. Nunca es vulgar. No se si vamos tan sobrados de artistas de verdad como ella para pasar por su lado sin fijarnos con atención en lo que hacen.

Pero siempre he creído que en estos casos las presentaciones escritas no valen para mucho, porque el arte habla otro lenguaje, el suyo, que es plástico y no verbal, y que en definitiva es el que comunica las cosas que ha de comunicar la escultura. Todo lo que se exprese con palabras es solo una aproximación. O un convencionalismo.

Francesc Fontbona
Doctor en Història Moderna per la Universitat de Barcelona  
Acadèmic numerari de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi de Barcelona 
Membre numerari de l’Institut d’Estudis Catalans
Soci honorari de The Hispanic Society of America de New York 

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21 espai cultural sa nostra | sótano

viernes 3 de agosto de 18 a 00 horas

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