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21 espai cultural sa nostra

espai d’art miquela nicolau | web

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21 espai cultural sa nostra | planta 01

viernes 3 de agosto de 18:00 a 00:00 horas

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De vez en cuando tengo la sensación de que he vivido otra vida…

En la primera fui estudiante de psicología y filosofía ,en Munich y Bristol, y me especialicé trastornos psicosomáticos de la voz. Trabajando en la Universidad de Kiel, en el departamento de visión clínica me di cuenta de que realmente aspiraba a otros intereses. Buscando posibilidades, más amplias y creativas, me instalé en Hamburgo y trabajé el cine y las artes visuales en la Academia de Arte.

El inicio de mi segunda vida se dio tras la necesidad de vivir un cambio completo. El Mediterráneo fue mi destino dónde al vivir una islandlife con dos niños pequeños , alejados de los grandes centros empresariales y productivos, pude centrarme cada vez más en la fotografía. Desde 1990 me establecí como fotógrafo independiente en España .

Ahora tengo una vida feliz, con la satisfacción de cumplir con mi trabajo y con mí misma en mi búsqueda por descubrir los puntos esenciales de las situaciones humanas mediante la fotografía.

www.burger-precht.com

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21 espai cultural sa nostra | planta 01

viernes 3 de agosto de 18:00 a 01:00 horas

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03 casal can pere ignasi | planta 01

viernes 3 de agosto de 18:00 a 01:00 horas
del 3 al 15 de agosto

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01 can pedreras

viernes 3 de agosto de 18:00 a 01:00 horas

*artista cedido por espai d’art miquela nicolau

desde la inestabilidad

No puedo separar la vida del arte. Esta frase me la dijo Salva Ginard una noche en su casa-estudio, mientras me mostraba sus últimos trabajos. Entonces pensé que todo verdadero artista se pasa la vida intentando dibujar su posible autorretrato. A veces de manera explícita; otras, en cambio, de manera sutil. Salva Ginard, lo supe aquella noche, es un artista de verdad.

Salva Ginard sabe que pintar es un todo o nada, una acrobacia sin red, una acrobacia en la que cada trazo es decisivo. No se debe mentir, me dijo con un tono severo nada habitual en él, y entonces sentí el peso de todos aquellos rostros que nos rodeaban, de todas aquellas confesiones. Me quedé en silencio, anoté unas palabras en mi libreta y le pedí que me dejara a solas. Es en la soledad cuando el arte nos desvela sus secretos.

Entonces, aquellos lienzos me hablaron, me confesaron que la estabilidad exterior, que la proporción guardada en todo momento, no eran más que una mascarada, una manera de ocultar la inestabilidad interior que da título a la colección y que es mero reflejo de un sentir desnudo. Es posible llorar detrás del rostro, me dije, o quizá me lo dijo alguno de sus lienzos. Acto seguido, como al dictado, anoté en mi libreta: “Rostros humanos como un lenguaje secreto, íntimo y personal, una confesión parcialmente velada, que vive en el trazo, en el fondo, ese paisaje de vivencias que, reagrupadas y obligadas a convivir, dan forma a esa cara, a ese cuerpo, en una suerte de criptograma alucinado y revelador”.

Hay un desorden que nos habla de manera ordenada, y un orden en el que todo es caos, ese caos que acaba siendo toda vida, por mucho que las notas biográficas lo intenten encorsetar.

Después volví (o volvió) a la carga: “El azar que configura una lágrima que después resulta decisiva, parte ingobernable del acto creador. La mirada desnuda que desnuda, la confesión del secreto que toda obra encierra, que busca –para sobrevivir– la complicidad de quien la mira”.

Pasado el trance, volví junto a Salva Ginard. Le conté lo que me había pasado y le mostré lo que había escrito al dictado de alguno de sus lienzos. Me sonrió cómplice y dijo que era el momento de sentarse y cenar. Mientras me servía vino, me confesó que los textos que navegan por sus cuadros habían sido escritos en un estado similar, desde un impulso que poco o nada sabe de retóricas, porque la retórica, a menudo, nos miente bellamente, pero la belleza que interesa a Salva Ginard es de otra índole. Tiene que ver con el vértigo de estar vivos, con el hecho de saberse inestable y pintar desde esa inestabilidad.

No sé si desearles que los cuadros que integran esta colección les hablen como a mí me hablaron. Ocurre a veces que nos hablan de nosotros mismos y no siempre resulta cómodo. Lo que sí deseo es que les gusten tanto como a mí me gustan, les hablen o no.

De todos modos, cuando estén a solas con ellos, además de los ojos, abran bien los oídos. El arte, cuando es de verdad, siempre nos habla.

Javier Cánaves

web de salva ginard

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21 espai cultural sa nostra | planta 01

viernes 3 de agosto de 18 a 01 horas

Me abandono al baile de mis manos, al gesto enérgico directo y nervioso de mis dedos sobre el barro: modelo como vivo. Mi  escultura es mi carácter; todo es pasión y vida. Todo se funde; todo lo fundo. Los demonios y los ángeles, todo.

Huyo de la perfección, de la estatua, del canon…
Me impresiona más lo no acabado donde se percibe el esfuerzo de la figura por abrirse paso a través de la materia, materia embrionaria que ya anuncia a un nuevo ser. Hay emoción palpitante; es como el instante de un alumbramiento. También queda la incertidumbre y el misterio, el amor a lo desconocido.

Patrícia Riveras

web de patrícia riveras

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La escultura, históricamente, no parece cosa de mujeres. Es cierto que hay una Käte Kollwitz, una Chana Orloff, una Louise Nevelson, una Germaine Richier, una Barbara Hepworth, una Louise Bourgeois y unas cuantas más, pero mayoritariamente pertenecen al siglo XX. Y si retrocedemos, de una Camille Claudel, lamentablemente se ha acabado hablando más por cuestiones “del corazón”, ajenas a su talento, y casos como el de Elizabeth Ney, que “descubrí” hace años en un viaje a Tejas –una alemana americanizada que entre otras cosas situó estatuas de próceres en el Capitolio de Austin y tiene un museo monográfico-, no dejan de ser una excepción.

En la tradición catalana las escultoras suelen ser tiernas y menores: Margarida Sans-Jordi, Maria Llimona o Luisa Granero han tenido renombre, pero se han mantenido siempre lejos de la primera línea. Otras, todo y tener una personalidad fuerte, no consiguieron hacerse un nombre, como pasa con Marifé Tey, a quien los pocos que han hablado de ella le han reprochado un pecado original político, si bien, no le tendría que inhabilitar como creadora.

Patrícia Riveras es un caso a parte, y por eso lo paga caro. De momento ya ha tenido que emigrar a Mallorca,  sin duda un paraíso, donde ha encontrado un mundo más auténtico y un entorno más acogedor. Su obra es muy fuerte, hija de la pasión más que del trazo. Pasión por la vida y por la escultura. Parece que Patrícia Riveras si no puede abocar pasión en las cosas no se pone.

De hecho ella sólo se apasiona por cierta escultura, tampoco por toda: no tiene nada de corporativista; y por los escultores tiene sus filias y sus fobias. Le gusta la escultura tormentosa. Cuando no sabes nada de ella es que pasa una fiebre creativa, de la que seguro saldrán obras de verdad. Nunca es vulgar. No se si vamos tan sobrados de artistas de verdad como ella para pasar por su lado sin fijarnos con atención en lo que hacen.

Pero siempre he creído que en estos casos las presentaciones escritas no valen para mucho, porque el arte habla otro lenguaje, el suyo, que es plástico y no verbal, y que en definitiva es el que comunica las cosas que ha de comunicar la escultura. Todo lo que se exprese con palabras es solo una aproximación. O un convencionalismo.

Francesc Fontbona
Doctor en Història Moderna per la Universitat de Barcelona  
Acadèmic numerari de la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi de Barcelona 
Membre numerari de l’Institut d’Estudis Catalans
Soci honorari de The Hispanic Society of America de New York 

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viernes 3 de agosto de 18 a 00 horas