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antoni mas

memoria de otro tiempo

A comienzos de los 70 conocí, en Palma, la obra de tres pintores hiperrealistas. Los tres eran mallorquines, los tres eran amigos y la tenían –esta obra- almacenada en un piso de la plaza de Santa Eulalia. Los tres habían acabado sus estudios al colegio Lluís Vives –de aquí que fueran amigos entre sí- y los tres, entonces, pintaban la realidad exagerando precisamente su carácter real, hasta convertirla en una imagen teñida de irrealidad. Se llamaban Toni Socías, Pere Joan y Mendi. Es decir Antonio Socías Albadalejo, Pere Joan y Menéndez Rojas. Hace más de treinta años de todo esto, pero las cosas cambiaron poco tiempo después. Socías continuó en el hiperrealismo hasta que se adentró en la fotografía como técnica artística, un campo en el cual es de los más originales. Pere Joan derivó con éxito hacia el cómico filosófico y un fino sentido literario. Y Mendi se italianizó hasta conseguir que recordemos sus estanques, pájaros y estatuas como un jardín particular de la felicidad. Los tres, en definitiva, abandonaron muy pronto el hiperrealismo. Pero ellos tres, repito, hace más de treinta años, fueron los primeros pintores hiperrealistas que conocí personalmente. Teníamos todos la misma edad, y sus cuadros apoyados a las paredes de aquel piso de Santa Eulalia son uno de mis recuerdos de una ciudad que ya no existe.

En aquella misma época, en Campos, un joven Toni Mas se adentraba por los caminos del realismo más preciso para acabar construyendo una poética de la realidad irreal. Escrito en Campos, yo había leído por aquellos años Cinc minuts amb tu, de Damià Huguet, uno de estos libros que no podré olvidar nunca. Y también –procedente de Campos- había trabado amistad con el poeta Joan Perelló, uno de los habituales del bar Bruselas y un hombre bueno que sigue siéndolo. Recuerdo que cuando vi las primeras pinturas de Antoni Mas, no sé por qué, pensé en Huguet y Perelló. Y pensé, también, en Pavese. Quizás porque el paisaje de Campos –uno de los paisajes de Mallorca que más me gusta- tiene cierto espíritu toscano. Quizás porque algo de las poéticas de Huguet y Perelló ha quedado atrapada en estos cuadros. Recuerdo bicicletas y salas vacías y casas abandonadas. Recuerdo mujeres semidesnudas y frutas. Recuerdo armarios cerrados y muebles cubiertos por telas. Y una atmósfera con un olor muy preciso. Esto recuerdo ahora de la primera impresión que tuve de la pintura de Antoni Mas, el último pintor hiperrealista de una Mallorca que tampoco ya no existe.

Treinta y tantos. Lo repito porque es un dato a asociar a la pintura de Mas. Treinta y tantos años después el Casal Solleric ofrece una antológica del pintor de Campos. Ha pasado el tiempo en que parecía que sólo la vanguardia podía ser artística. Ha pasado el tiempo, simplemente, y Antoni Mas se ha mantenido en este mundo que tan bien conoce porque es el suyo, sin imposturas ni modas. El último pintor hiperrealista de una realidad que sólo habita en la memoria, me teme. Y por eso ahora más necesaria que nunca. Una realidad y un tiempo que no son urbanos –lo cual en pleno siglo XXI incluye una paradoja misteriosa-, un tiempo y una realidad de pueblo y campo.

En esta exposición vemos una pista de tenis vacía como la Ferrara de Bassani, y esta pista de tenis vacía somos nosotros ahora. Lo que fue en espera del que tiene que ser. Vemos Levi’s encima sillas y comodines de toda la vida, como la irrupción de aquellos 70, en que creímos que podíamos ser libres. Vemos figuras leyendo con la fe del que viaja y se forma a través de las páginas otros. Vemos mujeres abrazadas como no sabemos abrazar los hombres. Vemos frutales que hemos olvidado y nos hablan del que éramos. Vemos un desnudo en un interior como el primer desnudo que pudimos contemplar. Vemos los pliegues de las sábanas que cubren el pasado, los muebles enfundados, el rastro de los que se fueron hace un momento o hace ya demasiado tiempo.

Pero antes me he referido a la atmósfera y a un olor muy preciso. Quizás la palabra olor no sea la adecuada. Quizás mejor aroma, perfume, incluso. Porque el perfume que más identifica una isla es el olor de la humedad. Y este olor está en los interiores abandonados de Antoni Mas. Como son la soledad del artista en un medio ajeno al arte y una profunda melancolía que es la que empuja a pintar la realidad que fue, con más intensidad que la realidad que es. Por eso hay que ver también esta pintura como el testigo de un pasado. Y cuando digo pasado me refiero a una sensibilidad determinada que arranca al genius loci, sea cual sea este, y se perfila en el deseo y en el tiempo perdido para entonces girarse y mirar hacia otro lado. Por ejemplo –en estos últimos años- hacia la transparencia del vidrio, que es la nada y a la vez el todo. Por ejemplo hacia la mar como la última frontera. Por ejemplo una bahía donde sale el fantasma de Gelabert. Pero sin dejar de lado el origen. Estas teles pintadas que se mueven. Estos ladrillos de tierra. La textura y el torneado de las maderas. La textura, las grietas, el papel, los colores de estas paredes que son nuestro paisaje más íntimo…

Hay un cuadro de los primeros de Antoni Mas que es una Guzzi 65, roja, que podría ser la Guzzi que yo tenía en esta edad en qué conocí los tres pintores hiperrealistas que dejaron de serlo, para después descubrir la pintura de Antoni Mas en un almacén de la antigua Galería Pelaires. Esta Guzzi, ahora, parece una máquina futurista –del futurismo de Marinetti, quiero decir- y se considera una pieza de coleccionista. Yo la compré por 500 pesetas en un garaje cercano en la plaza de los Patines. No es una mala metáfora de cómo ha cambiado Mallorca. Entonces era normal escuchar la aguda explosión característica de estas motocicletas tanto por Palma cómo, sobre todo, por el campo. Ahora son piezas de coleccionista. Como la Mallorca que figura en la mayor parte de los cuadros de Antoni Mas, todavía no tocada por la impostura. Pero esta es otra historia.

José Carlos Llop

Palma de Mallorca, 2 de octubre de 2006

Antoni Mas / Sala Parés

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viernes 3 de agosto de 18 a 00 horas
del 3 al 31 de agosto